Los murales que se desvanecen

Hace unos 35 años la revista Time publicó un reportaje sobre la influencia artística de los latinos en el muralismo de Estados Unidos (EU), y una de las fotografías con la que lo ilustraba era un colorido mural realizado en apasionante naranja en plena calle 18, de Pilsen, en Chicago, tal vez el barrio mexicano de mayor trascendencia artística en la nación. Sin embargo, poco duraría aquel mural; el edificio de departamentos cambió de dueño; éste renovó el inmueble y aquel mural terminó en el piso convertido en polvo de escombros.

La escena se ha repetido en otras comunidades mexicanas de EU, porque nos ha faltado mayor cultura de preservación del arte en lo que respecta a ese legado que se ve en las calles de otras ciudades estadunidenses, como se ve en Pilsen; un sistema de conservación y preservación que tomaría décadas si se llegara a implantar, porque para ello hace falta apoyar y asesorar de manera integral a los muralistas.

Uno de los principales problemas es el económico, porque no obstante que la obra representa un logro artístico del pintor y cobra interés general por la expresión de sus imágenes, la misma está condenada a permanecer sólo unos cuantos años ya que no fue plasmada en forma que pudiera ser conservada.

El problema, si puede tomarse así, es que el muralista pinta donde le permitan pintar, y pinta a veces con mayor facilidad y libertad en paredes viejas que no garantizan por sí mismas una vida considerable de la expresión artística; es así que, cuando menos se espera, muro y mural quedan hechos trizas.

Una de las soluciones puede ser que, con el apoyo de una institución o de una organización comunitaria, el artista plasme su obra en paredes de edificios públicos, como escuelas, iglesias, clínicas, hospitales u oficinas de correo, porque en el momento dado, los responsables de dichos lugares podrían financiar la conservación y la renovación de un mural que luzca en el exterior de sus inmuebles, máxime si la obra de arte se ha convertido en una atractivo, en sello de distinción e identidad del área.

Afortunadamente, en Los Ángeles se ha visto un esfuerzo institucional y gubernamental por conservar los murales más significativos de esa ciudad, pero hacen falta imitadores.

El artista necesita de apoyos en dinero, no sólo para la adquisición de la pintura apropiada, que resista las inclemencias, sino también para, por lo menos, preparar debidamente el muro con nueva mezcla, la adecuada para sostener la obra el mayor tiempo posible.

Volviendo a Pilsen, allí existe una barda de más de una milla que es conocida como La Calle 16. Esa gruesa barda, que bordea un patio de ferrocarriles de carga, es interrumpida solamente por el paso de calles transversales; allí pintan murales diferentes artistas. Recientemente, alguien me expresó su preocupación por el desvanecimiento y desaparición de murales pintados allí hace 30 o 40 años, a lo que respondí con un encogimiento de hombros. Nada se puede hacer; tomaría cientos de miles de dólares recuperarlos. Mientras tanto, otras obras pictóricas similares siguen siendo afectadas por el sol, que los palidece haciéndolos inapreciables. En la misma barda, otros artistas utilizan superficies que aún quedan más o menos firmes, o pintan sobre espacios donde había otros murales; pero igualmente, pintan sobre un muro que no tiene mantenimiento y fue construido hace más de 100 años.

Si no hay apoyo económico y asesoramiento, y si los pintores no plasman sus obras de arte en lugares apropiados, el trabajo artístico de muchos muralistas mexicanos y mexicoestadunidenses de EU, pasará a formar parte de un bello discurso sobre el pasado del arte en las calles de Chicago.

By | 2017-06-02T00:11:30+00:00 June 2nd, 2017|Categories: Uncategorized|0 Comments

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Ezequiel Banda Sifuentes

Es originario de Cerritos, San Luis Potosí. Periodista autodidacta desde 1975, miembro fundador del PAN en EU, ex director de noticias de WOJO FM 105.1 (19781980) y del 1200 AM (1990-1996), copropietario y editor del semanario Nuevo Siglo (1996-2016). Radica en Chicago.

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