El destino de los migrantes en la época Trump

Judith A. Boruchoff 

¿Cómo se puede evaluar la política del presidente Donald Trump en relación con los migrantes? Es difícil contestar con certidumbre, ya que el presidente número 45 es un personaje sumamente voluble, quien no tiene historial político que podamos analizar para pronosticar el futuro bajo su administración. Además, su elección inesperada provocó tanta preocupación, temor y repugnancia entre el electorado que no votamos por él y rechazamos rotundamente sus proclamas xenófobas, racistas y misóginas, que se nos dificulta apelar a la razón y no simplemente reaccionar con puro sentimiento y coraje. Me incluyo entre estos últimos; sin embargo, como ciudadana estadunidense y estudiosa de la migración, he estado esforzándome a dar sentido a la presente coyuntura.

Se ha dicho que Trump heredó una máquina de deportaciones de su antecesor, el demócrata Barak Obama, quien se caracterizó como el deportador en jefe. Si bien la retórica antimigrante del candidato Trump inquietó a los migrantes y sus simpatizantes, es de notar que, desde el punto de vista histórico, la política hacia la migración en Estados Unidos ha experimentado ciclos de mayores inclusión y exclusión: reclutamiento en la época del enganche al inicio del siglo XX y bajo el Programa Bracero, desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial hasta 1964, alternando con la repatriación forzada, notablemente en la Gran Depresión, a partir de 1929, en Operation Wetback, en 1954, y aparentemente en años recientes. No obstante el carácter cíclico, se observa una marcada transformación en la naturaleza de la política migratoria en el transcurso del último siglo. Cuando se formó la Patrulla Fronteriza, en 1924, se le ubicó dentro de la Secretaría de Comercio y Trabajo y, por tanto, hasta fin de siglo, la lógica predominante de la política migratoria se relacionaba al control de los migrantes como fuerza laboral, asegurando su selección y disciplina como mano de obra indispensable para la economía capitalista nacional y transnacional.

A partir de la sacudida a la nación del 11 de septiembre de 2001, el control de la migración se convirtió en un problema de seguridad nacional. Se aceleró la militarización de la frontera, la criminalización de los migrantes y la presión para que los policías fungieran como brazo de las fuerzas migratorias. Se promovió el engaño de que todos los extranjeros (incluyendo a los ciudadanos de tez morena o de etnicidad o religión no anglosajona) representan una posible amenaza a “la seguridad nacional”. Lejos de cumplir con el compromiso de campaña de realizar una reforma migratoria, las deportaciones aumentaron notablemente en los primeros años de la presidencia de Obama. Aun así, su record quedó ambiguo y mezclado: actuando unilateralmente por medio de órdenes ejecutivas, creó el DACA en 2012, y en 2014 declaró que los casos de deportación debían priorizar únicamente a los criminales de alta peligrosidad.

¿Y Trump? En los primeros meses de su mando, la cifra de deportaciones quedó a la par del año anterior. La de detenciones ha aumentado 38% por arriba de la suma del año pasado, pero no ha sido mayor a las de 2011, cuando se registró la máxima del gobierno de Obama. Sin embargo, no existe equivocación; al reconocer que muchas de las bases de la política migratoria de Trump se asentaron en administraciones anteriores, no significa que no haya diferencias esenciales.

Tal vez lo más significativo es que Trump y su pandilla manejan una política de miedo. Su gabinete y sus secretarios no solamente son multimillonarios, sino que incluyen a personajes con claros antecedentes racistas y antimigrantes, como es su mano derecha Steve Bannon, y el Procurador del Estado, Jeff Sessions. Se ha instrumentado una estrategia de poder en la que se distorsiona la realidad, presentando “hechos alternativos” o, simplemente, mentiras.

En esta estrategia, los migrantes mexicanos se destacan como chivos expiatorios, aún frente a hechos reales como que la migración ya alcanzó una tasa neta negativa, en gran medida gracias a la recesión económica, y a que los migrantes cometen menos crímenes que los nativos.

La esperanza se sitúa en los controles y los balances al núcleo del sistema democrático estadunidense que han frenado iniciativas antimigrantes, como las prohibiciones a viajeros de países musulmanes y la denegación a financiar las ciudades santuario que se han multiplicado para contrarrestar el régimen político de Trump. También determinante en el futuro será si se consolidan y siguen en alza las movilizaciones de organizaciones y actores cívicos que reconocemos que no son los migrantes, sino Trump y su pantano, quienes ponen en peligro la seguridad nacional, la identidad, los valores, y la democracia estadunidenses.

By | 2017-06-06T16:39:23+00:00 June 6th, 2017|Categories: Uncategorized|0 Comments

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